Rebusco entre papeles viejos, cuadernos que aún conservan la tinta casi intacta de años pasados. Ahora es cuando uno se da cuenta del paso del tiempo. Parece ayer (por lo menos en la memoria, e incluso cuando me miro al espejo, me siento como el de antes), pero echando un vistazo a esos cuadernos de universidad, los dibujos en los márgenes, la letra cambiante, me doy cuenta de que eso fue ya hace mucho.
El caso es que andaba buscando algo que sirviera de introducción al texto que va a continuación, algo que había leído de los formalistas rusos, también de los poetas griegos, acerca de la conexión entre lector-autor, especie de experiencia catártica, de verse reflejado en el propio texto y poder expulsar así todo lo que uno llevaba ya dentro, poder así “liberarse y purificarse”.
Pues eso me ha pasado mientras leía a Paul Auster, en concreto, estos fragmentos que ahora os copio. De esas veces que incluso te da por pensar si tu vida no será también otra obra de ficción (aunque más bien creo que las obras de ficción se basan sin cesar en la vida real). Ahí va:
Yo estaba en buena forma aquella noche. Sophie me inspiraba y no tardé mucho en animarme. Gasté bromas, conté historias, hice pequeños trucos con la cubertería. Era una mujer tan bella que costaba apartar los ojos de ella. Quería verla reír, ver cómo respondía su cara a lo que decía, observar sus ojos, estudiar sus gestos. Dios sabe qué tonterías dije, pero hice todo lo posible por distanciarme, por ocultar mis verdaderos motivos bajo aquel derroche de encanto. Aquélla era la parte dura. Yo sabía que Sophie se sentía sola, que quería el consuelo de un cuerpo cálido junto al suyo, pero un rápido revolcón en el heno no era lo que yo buscaba, y si me movía demasiado deprisa probablemente todo quedaría en eso. En aquella primera etapa, Fanshawe seguía estando allí con nosotros, el vínculo implícito, la fuerza invisible que nos había unido (…)
Todo aquello creaba una tensión exquisita. A medida que avanzaba la velada, los comentarios más casuales se cargaban de matices eróticos. Las palabras ya no eran simplemente palabras, sino un curioso código de silencios, una forma de hablar que daba vueltas continuamente en torno a lo que se decía. Mientras evitásemos el verdadero tema, el hechizo no se rompería. Ambos nos deslizamos de manera natural hacia ese tono burlón, que se hizo aún más poderoso porque ninguno de nosotros abandonó la broma. Sabíamos lo que hacíamos, pero al mismo tiempo fingíamos no saberlo. Así comenzó mi cortejo de Sophie, despacio, decorosamente, creciendo muy poquito a poco.
Después de la cena paseamos durante unos veinte minutos en la oscuridad de finales de noviembre y acabamos la noche tomando unas copas en un bar del centro. Fumé un cigarrillo tras otro, pero ése fue el único indicio de mi tumulto interior. Sophie me habló durante un rato de su familia en Minnesota, sus tres hermanas más jóvenes, su llegada a Nueva York ocho años antes, su música, sus clases, su plan de volver a trabajar el próximo otoño, pero estábamos tan atrincherados en el tono jocoso que cada comentario se convertía en una excusa para nuevas risas. Podríamos haber continuado así, pero había que pensar en la canguro, así que finalmente cortamos a eso de medianoche. La llevé hasta la puerta del apartamento y allí hice mi último gran esfuerzo de la noche.
—Gracias doctor —dijo Sophie—. La operación ha sido un éxito.
—Mis pacientes siempre sobreviven —dije—. Es por el gas de la risa. Abro la válvula y poco a poco mejoran.
—Ese gas podría crear hábito.
—Ésa es la idea. Los pacientes no cesan de volver pidiendo más, a veces dos o tres sesiones por semana. ¿Cómo cree usted que pago mi piso de Park Avenue y la casa de verano en Francia?
—Así que hay un motivo oculto.
—Por supuesto. Me mueve la avaricia.
—Su clientela debe ser muy numerosa.
—Lo era. Pero ahora estoy más o menos retirado. Últimamente tengo una sola paciente, y no estoy seguro de si volverá.
—Volverá —dijo Sophie, con la sonrisa más coqueta y radiante que yo había visto jamás—. Cuente con ello.
(…)
Nos sonreímos de nuevo y luego le di un gran abrazo de oso y un breve beso en los labios y bajé la escalera lo más deprisa que pude.
Me fui derecho a casa, comprendí que acostarme era imposible y pasé dos horas delante de la televisión, viendo una película sobre Marco Polo. Finalmente me quedé como un tronco a eso de las cuatro, en mitad de la reposición de Rumbo a lo desconocido (…)
Me esforcé mucho en mi cortejo. Sin duda mis motivos eran transparentes, pero quizá eso fue lo bueno. Sophie sabía que me había enamorado de ella, y el hecho de que no me abalanzase, de que no la obligase a declarar mis sentimientos hacia mí, probablemente contribuyó más que ninguna otra cosa a convencerla de mi seriedad. Sin embargo, yo no podía esperar eternamente (…) Llegó un momento en que noté que ya no estábamos empeñados en un combate, que las cosas se habían asentado entre nosotros. Al pensar ahora en ese momento, me tienta utilizar el lenguaje tradicional del amor. Deseo hablar con metáforas de calor, de fuego, de barreras que se derriten ante pasiones irresistibles. Soy consciente de lo ampulosos que pueden sonar esos términos, pero al final creo que son exactos. Todo había cambiado para mí, y palabras que nunca había comprendido, súbitamente empezaron a tener sentido (…) No estoy hablando tanto de deseo como de conocimiento, del descubrimiento de que dos personas, a través del deseo, pueden crear algo más poderoso de lo que ninguna de ellas podría crear sola (…) Al pertenecer a Sophie, empecé a sentir como si perteneciera a todos los demás. Resultó que mi verdadero lugar en el mundo estaba más allá de mí mismo, y si estaba dentro de mí, también era ilocalizable. Era el diminuto espacio entre el yo y el no yo, y por primera vez en mi vida vi esta nada como el centro exacto del mundo.
Era el día en que yo cumplía treinta años. Conocía a Sophie desde hacía aproximadamente tres meses y ella insistió en que lo celebráramos. Yo estaba reacio al principio, ya que nunca había dado mucha importancia a los cumpleaños, pero el sentido de la ocasión de Sophie acabó convenciéndome (…)
Con mucha frecuencia acabábamos haciendo el amor. Sophie estaba tan hambrienta como yo, y a medida que pasaban las semanas la casa se fue erotizando lentamente, transformándose en un dominio de posibilidades sexuales. El mundo subterráneo salió a la superficie. Cada habitación adquirió su propio recuerdo, cada lugar evocaba un momento diferente, de modo que, incluso en la calma de la vida práctica, un determinado trozo de alfombra, digamos, o el umbral de una puerta determinada, ya no eran estrictamente una cosa sino una sensación, en eco de nuestra vida erótica. Habíamos entrado en la paradoja del deseo. Nuestra necesidad del otro era inagotable, y cuanto más la satisfacíamos, más parecía aumentar.
La habitación cerrada, P A U L A U S T E R